Gregorio López (Guadalupe, 1496–1560) fue un destacado humanista y jurista castellano del siglo XVI, con una sólida formación universitaria en Salamanca y una extensa carrera al servicio de la Monarquía. Desempeñó cargos de gran relevancia institucional: alcalde mayor de Guadalupe, gobernador de los estados del duque de Béjar, abogado ante la Real Chancillería de Granada, oidor en Valladolid, fiscal del Consejo de Castilla y, finalmente, miembro y decano (vicepresidente) del Consejo de Indias. En este último organismo sobresalió como visitador de la Casa de Contratación de Sevilla, participó en la redacción de sus ordenanzas y contribuyó a la fundación de la Real Audiencia de Lima (1542–1543). Es importante no confundirlo con su nieto, Gregorio López de Tovar.
La obra central de su vida fue la edición crítica y comentario de Las Siete Partidas (Salamanca, 1555), que sustituyó con ventaja la glosa anterior de Montalvo. Esta edición fue reconocida como texto oficial por Real Cédula de 7 de septiembre de 1555 y conoció catorce reediciones hasta 1885, lo que evidencia su enorme influencia en la tradición jurídica hispánica. Su labor le valió el sobrenombre de “Accursio español”, otorgado por Nicolás Antonio, en alusión al célebre glosador medieval.
El aparato erudito de su glosa es particularmente notable: integra fuentes civiles y canónicas, textos bíblicos, filosóficos y literarios, y dialoga con autoridades del ius commune como Bártolo, Baldo o Juan de Andrés, además de incorporar referencias a Erasmo. La obra incluye monografías sustantivas sobre cuestiones clave del Derecho, como los justos títulos de la dominación española en Indias —donde sostuvo posiciones contrarias a las de Francisco de Vitoria—, la relación entre imperio y reino, los mayorazgos o el régimen económico matrimonial. En conjunto, su producción revela a un jurista completo, capaz de articular la doctrina con la práctica forense y la experiencia institucional.
Retirado a Guadalupe en 1556, falleció allí en 1560. Su sepultura se halla en el Monasterio de Santa María de Guadalupe, donde se conserva su epitafio, y en la localidad permanece también la fachada renacentista de su palacio.
